En la esquina de la calle 39 con carrera 7 entonces, tomándome un rato del afanado día que debemos tener, logro observar de cerca la comodidad e incomodidad con la que viven los ciudadanos, unos fastidiados por el calor y otros por los olores que trae, unos disfrutando el paisaje que deja ver un día radiante y otros la armonía que parece existir cuando más de nosotros camina por las calles.
En medio de la rutina y los pensamientos que debía tener presentes, decidí sentarme bajo la refrescante sombra del ser vivo que podría en realidad salvarnos la existencia, y preocupada por el tiempo noté que a mi lado pasó lentamente y sin rumbo un perro, parecía cansado y hambriento, caminó unos minutos hasta encontrar sombre alejada de molestias, se sentó y puso la mirada en la misma avenida que observé yo desde el principio y en uno minutos parecía dormido. Ahora comprendo el precio del tiempo perdido y éste se refiere a la perdida del valor de los que nos rodea.

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