Es una mañana soleada y aunque ya ha pasado la hora pico aún
se ve una buena cantidad de personas dentro del sistema dificultando un poco el
tránsito, la marcha se hace lenta. Con una inspección rápida, y no muy
minuciosa, se encuentra el bus indicado para el abordaje; una vez más las
ayudas visuales evitan la pena de preguntar.
Observar los letreros incrustados de forma específica dentro
del bus, no atrae la atención de sus usuarios como si lo hace el vestido que
lleva puesto la señora de al lado. Normas y más normas que rigen el
comportamiento dentro del sistema son obviadas una y otra vez, afectando la
convivencia.
La linea que parte la ciudad en dos ha creado una zona
característica, el centro, y con ella los placeres banales, y no tan paganos
para algunos, descrestando los ojos de los transeúntes. Miradas desviadas, de
repudio, de morbo, de lástima se posan en cada una de las llamadas comúnmente
prostitutas.
La personas va y vienen, entran y salen, algunas con la
comodidad de ir sentados disfrutan del viaje otras se limitan a mantenerse en
pie y evitar contacto alguno. En una silla un joven estudiante lucha por
mantener a su mascota, un canino de raza pitbull, sentada y quieta con el fin
de evitar incomodidades. Al parecer es uno de los tantos que no acata las
normas de convivencia, bien sea por desconocimiento o simplemente porque no le
interesa. A su lado una mujer embarazada busca una silla preferencial, todas
deberían ser preferenciales, ninguna mirada de los que van sentados se posa en
ella es como la más bella pintura que nadie quiere ver, la razón de este
desconcierto se sale de cualquier explicación.
El sol entra por las ventanas dejando muy pocos lugares
donde regocijarse, pero una pareja de esposos encuentra el lugar indicado en
frente del bus al lado de su conductor. A su paso cruzan cerca de un
representante de la autoridad, su traje verde y su rostro frío bloquean
cualquier punto de contacto, un círculo de tamaño bastante visible encierra su
volumen. Un círculo creado por los que lo rodean, quienes guardan distancia
encaminada por el temor, por el miedo infundado en sus comunidades - los
primeros barrios de la zona sur se vislumbran a los ojos.
Con un transporte público en crisis y el exceso de vehículos
en las vías, los de dos ruedas con motor se han vuelto un opción peligrosa pero
atractiva. No sólo las calles se inundan con ellas, a lo largo del camino los
almacenes centran sus productos y servicios a esta creciente comunidad, los
motociclistas. Con más frecuencia los lugares ocultos a los ojos de los cultos
se hacen visibles, los ciegos vuelven a ver, moteles de todos los colores y
sabores se presentan antes las miradas, sin tapujos ni discriminaciones la
gente hace uso de sus servicios.
Un sólo puente me separa de mi destino, un puente peatonal
que da salida y entrada a una de las estaciones del sistema más concurridas -
Molinos - , frente a ella se observa un centro de atención de la fiscalía
(URI). Salir del bus es una experiencia totalmente contraria al abordaje, la
paciencia y la tranquilidad se toma a cada uno de los usuarios.